El castillo de naipes
Era ladrón y bello. Nos ponía
las cartas de trampear sobre la mesa.
Se podía apostar. Si uno quería
le jugaba jugando la inocencia.
Pero el nos advertía. Preguntaba
si estábamos seguros, si la apuesta
no haría daño a nadie y si podíamos
pagar nuestra inconciencia.
Nosotros, ese pueblo presumido,
amarillo de trigo, harto de vides,
petroleros a ciencia y a conciencia
creíamos aún que bien valía
tirar canas al aire, usar el crédito
a cuenta de los pobres que pagaban
con su trabajo nuestro aburrimiento:
las misas del domingo, las comidas
estrepitosas de la parentela,
el sexo cotidiano, el tedio obeso,
la vuelta al perro de la plaza muerta.
Era hermoso el ladrón. Tiró las cartas
y nos ganó, de uno en fondo, las cosechas,
el tractor, el ganado, los galpones,
el forraje, la aguada, las viviendas
y cuando habíamos perdido todo
y ya, matar el ocio, no era fiesta,
nos dio crédito, plazos, intereses,
contratos y dogales, hipotecas
de este siglo hasta el otro de manera
que ya nadie se aburra y todos jueguen
el poker mágico de latinoamérica.
Se fue, llevándose hasta los suspiros,
pero dejó en la mesa su tarjeta:
Fondo Internacional. Así de simple.
Y Wall Street a secas.
Buenos Aires, junio 21 de 1983
Bajo Estado de Sangre, Torres Agüero Editor, 1986
|